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San Ignacio de Antioquia

Fiesta: 17 de Octubre    33 - † 107

ntioquía era una ciudad famosa en Asia Menor, en Siria, al norte de Jerusalén. En esa ciudad  fue donde los seguidores de Cristo empezaron a llamarse "cristianos". De esa ciudad era obispo San Ignacio, el cual se hizo célebre porque cuando era llevado al martirio, en vez de sentir miedo, rogaba a sus amigos que le ayudaran a pedirle a Dios que las fieras, a las que fue condenado en su ancianidad en la época de Trajano, no le fueran a dejar sin destrozar, porque deseaba ser muerto por proclamar su amor a Jesucristo.

Dicen que fue discípulo de San Pablo y San Juan Evangelista. Segundo sucesor de Pedro en el gobierno de la Iglesia de Antioquia; El primero en llamar a la Iglesia "Católica". Por 40 años estuvo como obispo ejemplar de Antioquía que, después de Roma, era la ciudad más importante para los cristianos, porque tenía el mayor número de creyentes.

SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA

Mandó el emperador Trajano que pusieran presos a todos los que no adoraran a los falsos dioses de los paganos. Como Ignacio se negó a adorar esos ídolos, fue llevado preso y el emperador ordenó entonces que Ignacio fuera llevado a Roma y echado a las fieras, para diversión del pueblo.

Durante el camino el Santo escribió varias cartas (poseemos siete, no todas de autenticidad asegurada) dirigidas a varias Iglesias, en las que trata sabia y eruditamente de Cristo, de la constitución de la Iglesia y de la vida cristiana. Estas cartas están escritas en momentos de gran intensidad interior, reflejando la actitud espiritual de un hombre que ha aceptado ya plenamente la muerte por Cristo y sólo anhela el momento de ir a unirse definitivamente con Él. Además hay indicios de que aun algunas de las cartas auténticas pueden contener interpolaciones de época posterior. La colección de cartas de Ignacio fue ampliada en época bastante posterior con otras cartas, hoy universalmente reconocidas como apócrifas.

Al llegar a Roma, salieron a recibirlo miles de cristianos. Y algunos de ellos le ofrecieron hablar con altos dignatarios del gobierno para obtener que no lo martirizaran. Él les rogó que no lo hicieran y se arrodilló y oró con ellos por la Iglesia, por el fin de la persecución y por la paz del mundo. Al día siguiente fue llevado sin más al circo para echarlo a las fieras. Él oró a Dios y en seguida fueron soltados dos leones hambrientos y feroces que lo destrozaron y devoraron, entre el aplauso de aquella multitud ignorante y cruel. Así consiguió Ignacio lo que tanto deseaba: ser martirizado por proclamar su amor a Jesucristo. Era el año 107.